30 de octubre de 2009

Liturgia Dominical. 1 de Noviembre




La Solemnidad de hoy tiene su origen en la dedicación que el 13 de mayo del 610 hizo el papa Bonifacio IV del Panteón a la Madre de Dios y a todos los mártires.
La fiesta de Todos los Santos es un canto de gloria a la fidelidad de los mejores de entre nosotros que supieron abrir surcos importantes, en pos de Jesús, en el campo de la historia de la salvación. Sus nombres de maestros, doctores, mártires, consagrados..., los escribimos en la madera dorada de nuestros retablos. Hacia ellos, como patronos, amigos, familiares, nos dirigimos en cada iglesia parroquial y titular.
A la fidelidad escondida, anónima, de muchos misioneros, evangelizadores, padres de familia, artesanos, labradores, industriales, catedráticos, que hicieron del amor a Cristo su bandera y que no tienen ni necesitan retablo material que haga de ellos memoria. Su retablo es el de las bienaventuranzas asumidas, sufridas, gozadas.
Y a la fidelidad en el espíritu, en la caridad y en la verdad, de cuantos –ignorados por nosotros, miembros de Cristo no inscritos en nuestro libro de religión- sirvieron a los demás generosamente, con abnegación de sí mismos, en heroicidad de vida. Sus nombres innumerables están escritos en el corazón del Padre, en la Cruz del Hijo y en la mejor historia de la humanidad.
En la liturgia escucharemos las Bienaventuranzas porque son el programa más claro de toda la vida
cristiana, que aspira a identificarse con Dios.

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